Mes de Septiembre. Los clubes han comenzado hace unos días su curso de baloncesto. Los pabellones se llenan de ilusiones y nervios adolescentes. Es el comienzo de “la pretemporada”. Unos, porque llegan nuevos y no conocen a nadie. Otros, porque aún no saben si jugarán en el equipo “A” o el equipo “B” de su categoría. Otros, simplemente porque están deseando la revancha contra aquel equipo que les ganó el Campeonato en el último suspiro la temporada anterior. Las razones son variadas, pero el esfuerzo no se negocia. Cada jugador da lo máximo esperando la aprobación de sus entrenadores, sus compañeros o sus rivales. 

En estos días se acumula el trabajo. Como todavía no hay clase, algunos clubes aprovechan para realizar “dobles sesiones” de trabajo. Es maravilloso que los clubes dispongan de tanta instalación estos días. Si ya la aprovecharan, sería ideal. 

El equipo cadete de nuestra fábula (ficticio, que nadie se enfade) dispone de 90 minutos de cancha por la mañana y de otros 90 por la tarde. Un privilegio en los tiempos que corren. En la primera sesión, la matutina, los entrenadores se afanan por acumular material a los pies de los jugadores. Siempre que veo esta imagen recuerdo a Gueorgui Zhúkov, un famoso general soviético de la II Guerra Mundial, el cuál nunca empezaba una batalla sin haber acumulado una cantidad grotescamente ingente de material bélico. Igual que Zhúkov, los responsables sacan de una habitación balones medicinales, conos, vallas, pesas!, y toda suerte de elementos extraños que tienen en común una sola cosa; no son una pelota de baloncesto.

El entrenador, quizá porque ha escuchado o leído que la preparación física es el futuro, o porque en el club existe la figura del “preparador físico de cantera” y está aconsejado por él,  monta el ya desgraciadamente famoso despliegue de conos, picas, balones medicinales. Se dispone a realizar un “circuito”. De los 90 minutos, emplea 75. Después, una pedante charla hacia sus discípulos acerca de la importancia de la preparación física. Y para casa, que es la hora de comer.

Ya por la tarde, el entrenador monta, esta vez sí, una sesión en la que la pelota al menos tiene presencia. 10 minutos de trenzas, a todo trapo, no vaya a ser que no lleguen bien preparados al primer partido de liga. Unos “Trios Boyland”, que se los ha visto al entrenador del Junior y son buenísimos. Qué más da que no den dos pases seguidos, lo importante es que corran. Un 2 contra 2 en balance defensivo, sin normas, es fundamental intentar llegar antes que la defensa, hay que ir a toda leche. Un 5 contra 5, para que se despejen un poco. Para terminar, una charla dando la enhorabuena, el trabajo está siendo excelente, los chavales deben seguir así. 

Un mes después, en el primer partido contra un rival de cierta entidad de todo el año, el desesperado entrenador solicita un tiempo muerto. “Es que no jugamos a nada, tengo que pararlo”, le espeta a su ayudante. 

No tengo absolutamente nada en contra de los preparadores físicos. Al revés, creo que son una herramienta verdaderamente útil en el caso de poder disponer de uno de ellos para que trabaje con gente en edad de formación. Sin embargo, el porcentaje de importancia que tiene en un equipo de cantera debe ser mínimo. En formación, el tiempo es oro, y hay tantas! cosas que trabajar antes que la preparación física, que es realmente grotesco el tiempo que le dedicamos a entrenarla.

No soy el único que ve verdaderas aberraciones en los campos de baloncesto. Tendemos a culpar al entorno, a la falta de tiempo, a la propia exigencia de los resultados, a los padres, a cualquier cosa en realidad. La única verdad es que si sacas a correr a tus chicos por el parque, teniendo 2 aros y unos cuantos balones disponibles, el único culpable de que esos chicos no aprendan a jugar al baloncesto, es tuya. Y hasta que no entendamos eso, no estaremos formando. Estaremos deformando.

Un saludo.

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